domingo, 19 de julio de 2009

LA ORACIÓN COMO CONCIENCIA DIRIGIDA



Por: J. Tufick Majul



Existen muchas técnicas de meditación, muchas formas de llegar a un estado neutral de conciencia, un sinfín de métodos para encontrar paz y hasta uno que otro ritual para hallar un equilibrio entre mente y cuerpo. Desde las más respetables y ancestrales escuelas de meditación y artes marciales, hasta las comerciables técnicas que cualquiera tiene al alcance en libros de autoayuda en versión DVD. Todas con un mismo objetivo: el de ayudar a la persona a encontrar lo que algunos llaman “estar en tu centro”. Sin embargo, hay una muy especial y es quizás la que todo ser humano ha utilizado en alguna ocasión de su vida, LA ORACIÓN. Muy recurrida, singular y frecuente en todas las religiones, con un potencial que la gran mayoría desaprovechamos. Una oración es más que una devoción o un ritual, una oración es dirigir tu atención mental, emocional y espiritual de manera muy específica. Es concentrar todo tu ser en un deseo o anhelo determinado, donde los resultados tienen que ver con la forma y el contenido de la plegaria, con la mucha o poca fe del devoto, y en ocasiones hasta con la abundante o escasa experiencia del ejecutante.

¿Por qué funciona la oración? En mi hipótesis y experiencia personal existen dos razones. La primera, es porque de manera inconciente llevamos a cabo un efectivo y complejo método de psicología, el cual consiste en enfocar de manera directa y precisa nuestros deseos; todo ello en un acto que funde a un solo tiempo, mente, cuerpo y espíritu; una concentración total como pocas veces se logran en la cotidianeidad. Y si a esto le agregamos una adecuada proyección y correcta ejecución, como el hecho de hacer planteamientos en tiempo presente como si las cosas solicitadas ya fueran un hecho, seguro que el resultado será un milagro. La segunda razón de éxito se da cuando sin ego, con mucha humildad y con un gran sentimiento de amor hacia lo que queremos, nos ponemos en armonía y concordancia con el universo. Es entonces cuando las energías actúan por sí solas y nosotros sólo debemos esperar el resultado.

Cabe mencionar que la receta de la oración puede cambiar, pues no todos los guisos llevan azúcar en su manufactura, es decir, cada quien debe, por medio de la constancia, la disciplina y la práctica, descubrir que para cada tiempo y para cada situación habrá que descubrir e inventar una nueva receta si fuera necesario.

Contrario a lo que muchos piensan, la oración es un acto dinámico, una actividad que va más allá del introvertido ritual. La oración es evolutiva, no se debe rezar igual todo el tiempo; cada oración tiene una finalidad y uso particular, que depende de la ocasión y el contexto, pues lo que hoy funciona no es garantía para el mañana.

La oración también es una maestra para todo aquel que está dispuesto y desea ser alumno. Te enseña paciencia, disciplina, constancia; te invita a estar contigo mismo, te ayuda a auto-conocerte; incluso, si lo haces de corazón, descubres en ti facultades que creías no tener, como humildad, amor por el prójimo, compasión, solidaridad, entre otras.

La oración debe renovarse, pues como algunas cosas de la vida, si pasas mucho tiempo en un lugar o haciendo una repetida y monótona actividad, terminas viciándote, contaminando la esencia por la que comenzarse a rezar, es decir, terminas pidiendo sólo por ti, acabas por dejar de orar por los que ya no te caen tan bien, lo haces más por costumbre que por gozo. De hecho, en ocasiones sólo recuerdas rezar cuando tienes una situación negativa a tu alrededor.

Bien dicen por ahí QUE EN EL PEDIR, ESTÁ EL DAR. Bajo esa premisa entonces, nos queda un abanico de posibilidades y de deseos por disfrutar.

Ahora, sólo me restar acotar, a manera de tip, no pedir cambio de conciencia o comportamiento en otros, más bien orar siempre por las responsabilidades que tenemos en nuestras manos; en pocas palabras, no hay que olvidar que por sobre todas las cosas es nuestro deber respetar el libre albedrío del prójimo.

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